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Alma, una historia de amor, lucha y esperanza

Desde Santiago del Estero, Antonia llegó a Tucumán buscando respuestas para su hija. Gracias al acompañamiento del Ministerio de Salud Pública y a más de un año de tratamientos, hoy celebra emocionada los primeros pasos de su pequeña.

Antonia Montes llegó desde Villa Atamisqui, con su hija diagnosticada con síndrome de Sotos, sin un lugar donde pasar la noche y con la incertidumbre de no saber qué sucedería. Aquí encontró el acompañamiento del ministro de Salud Pública, doctor Luis Medina Ruiz, y de los equipos sanitarios de la provincia.

Hoy, después de más de un año de tratamientos y contención en Casa Clarita, el Hospital Avellaneda y el Hospital de Niños, celebra uno de los logros más emocionantes de su vida: ver caminar a Alma.

La historia de Alma Isabela Montes, una niña de apenas un año y siete meses, está escrita con amor, perseverancia y esperanza, ella y su mamá transitaron un camino de pequeños grandes milagros cotidianos, donde cada avance representa una conquista y cada paso tiene un significado mucho más profundo que simplemente aprender a caminar.

Su mamá, llegó a Tucumán buscando respuestas que no había podido encontrar en su lugar de origen. Su pequeña hija necesitaba una evaluación especializada que permitiera comprender qué estaba sucediendo con su desarrollo y cómo ayudarla a salir adelante. «Nosotros vinimos porque yo realmente no tenía un diagnóstico de ella. Allá no hay genetistas, hay especialistas que no tenemos y por eso tenemos que recurrir a Tucumán o Córdoba», recordó, al reconstruir el comienzo de un camino que cambiaría sus vidas.

Pero aquella primera llegada a Tucumán estuvo marcada por una dificultad que ninguna madre quisiera atravesar, tenían turnos médicos para el día siguiente y no contaban con un lugar donde pasar la noche.

Fue entonces cuando un gesto de solidaridad se convirtió en el primer eslabón de una historia de acompañamiento. Según relató Antonia, el ministro de Salud Pública, doctor Luis Medina Ruiz, intervino personalmente para que ambas pudieran alojarse en un hotel y no tuvieran que pasar la noche en la calle.

«La primera noche no teníamos dónde quedarnos y el ministro nos pagó un hotel para que no durmiéramos en la calle, porque al otro día teníamos turno con el genetista», expresó emocionada.

Tiempo después, volvió a encontrarse con el titular de la cartera sanitaria en el Hospital Néstor Kirchner y Antonia quería agradecerle aquel gesto que no había olvidado. Ese nuevo encuentro permitió que madre e hija fueran orientadas hacia Casa Clarita, donde encontraron un espacio de alojamiento y contención para continuar con los tratamientos.

Desde entonces, hace más de un año, Casa Clarita se convirtió en su hogar transitorio y en el lugar desde el cual pudieron sostener las consultas, las terapias y las estimulaciones que Alma necesitaba.

«Para los que no conocen, Casa Clarita es un lugar donde nos brindan a las mamás y a nuestros hijos todo lo que necesitamos. Tenemos enfermeros que nos cuidan, desayuno, almuerzo y un lugar donde quedarnos. Gracias a Dios tenemos todo y podemos seguir con las terapias», contó Antonia con gratitud.

A través de los estudios realizados en Tucumán, finalmente llegó el diagnóstico: síndrome de Sotos, una condición genética poco frecuente que puede afectar el crecimiento y el desarrollo de los niños. Suele manifestarse en los primeros años de vida y se caracteriza por un crecimiento más rápido de lo habitual, un mayor tamaño de la cabeza y una maduración ósea adelantada.

Lejos de detenerse ante la incertidumbre, Antonia encontró en los equipos de salud del Hospital Avellaneda y del Hospital de Niños el acompañamiento necesario para afrontar cada nueva etapa. Allí fue donde comenzaron a suceder esas pequeñas conquistas que, para una mamá, tienen un valor imposible de medir.

Cuando Alma llegó a Tucumán, todavía no caminaba y presentaba dificultades en distintas áreas de su desarrollo. Cada actividad requería paciencia, dedicación y un trabajo sostenido entre los profesionales y su mamá. Con el paso de los meses, las sesiones de estimulación temprana comenzaron a dar sus frutos. Los avances llegaron de manera progresiva, hasta que un día sucedió aquello que Antonia tanto esperaba: Alma comenzó a caminar.

«Gracias a Dios, Alma ya camina. Le falta un poquito para que ande corriendo», expresó su mamá, con la alegría de quien sabe cuánto esfuerzo existe detrás de cada paso.

Para Antonia, ese logro representa mucho más que un avance en el desarrollo de su hija. Es la confirmación de que la búsqueda de atención especializada, las horas de terapia, los viajes y la perseverancia tuvieron sentido.

«Alma es una pequeña totalmente distinta a cómo llegó, realmente ha tenido un cambio enorme, todo el mundo me dice: ‘Gracias a Dios que no te quedaste y buscaste otra oportunidad’. Nosotros antes la veíamos estancada, no veíamos avances, y hoy Alma es otra», relató.

Detrás de esa transformación también está el compromiso de los profesionales que acompañaron a la pequeña durante todo este tiempo. Médicos, enfermeros, terapeutas y equipos de estimulación temprana fueron parte de un proceso que continúa y que permite proyectar nuevas metas.

«Estoy agradecida con todos, con el ministro y con todo el equipo médico. Siempre nos han tratado muy bien y siempre voy a estar agradecida», manifestó Antonia.

La historia de Alma también es la historia de una madre que decidió no rendirse, incluso cuando las dificultades económicas y la distancia parecían convertirse en obstáculos difíciles de superar. Antonia recordó que muchas veces conseguir el dinero para los pasajes era complicado, pero que siempre buscaban la manera de asistir a los turnos. Además, cada ejercicio y cada recomendación de los profesionales continuaban en casa, porque sabía que la constancia era fundamental para el desarrollo de su hija.

«A veces nos costaban los boletos, pero hacíamos hasta lo imposible para estar en todas las terapias. Todo lo que nos decía la doctora también lo practicábamos en casa, porque sabemos que todo eso trae sus frutos», aseguró.

Hoy, mientras observa a Alma caminar, Antonia encuentra una razón más para transmitir un mensaje a otras familias que atraviesan situaciones similares. «No hay que bajar los brazos nunca. Siempre hay que tener fe y esperanza. Y cuando hay mucha voluntad de los médicos, porque ellos también quieren que el paciente salga adelante, todo eso ayuda. Gracias a ese esfuerzo, hoy Alma está caminando», expresó.

Esta historia refleja la importancia del acompañamiento integral que brinda el sistema público de salud de Tucumán, bajo la conducción del ministro Luis Medina Ruiz, a través de la articulación entre los hospitales, los profesionales especializados y los espacios de contención destinados a las familias que deben permanecer lejos de sus hogares para acceder a tratamientos.

Para Antonia, Casa Clarita significó tener un techo, un plato de comida y la tranquilidad de poder concentrarse en la recuperación y el desarrollo de su hija. Para Alma, significó la posibilidad de recibir atención y estimulación de manera continua. Hoy Alma da sus primeros pasos y en cada uno de ellos caminan también el amor de su mamá, el compromiso de quienes la cuidan y la esperanza de todo lo que todavía está por venir.

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